Los datos de LinkedIn de este último año traen una curiosidad que dice más de lo que parece: el número de personas que añaden "fundador" a su perfil subió un 69% interanual. En algunos países el salto es aún mayor —en torno al 85% en los Países Bajos, cerca del 60% en el conjunto de Europa.
A primera vista suena a buena noticia: más gente emprende. Pero el dato no cuadra con la realidad de fondo. No se están fundando un 69% más de empresas. Lo que ha crecido a ese ritmo es la etiqueta, no la cosa que la etiqueta nombra.
El contexto lo explica. Tras años de reajuste —despidos, contrataciones lentas, plantillas que se encogen—, mucha gente quedó entre dos cosas. Y "fundador" es la palabra que mejor rellena el hueco de un perfil cuando lo que hay debajo es un proyecto a medias, una consultoría de una persona o, sencillamente, un tiempo sin empleo que suena mejor contado así. Cuando una empresa no puede competir en sueldo, asciende con títulos, que son gratis. Cuando una persona no tiene un puesto que enseñar, se asciende a sí misma con el título que nadie le puede negar.
Hay dos lecturas fáciles, y las dos se quedan cortas. La optimista: "el emprendimiento se está democratizando, qué bien". La cínica: "está todo inflado, no se lo cree nadie".
La primera confunde la etiqueta con lo que nombra. La segunda tira la información a la basura. Porque que un título se infle no es solo ruido: te dice algo muy concreto sobre dónde ha dejado de estar la señal —y, por tanto, dónde está la nueva.
Esto no va sobre si hay demasiados fundadores.
Va sobre qué le pasa a cualquier señal cuando se vuelve gratis: que deja de señalar, y el valor se muda a lo que todavía cuesta.
1. Un título vale como señal solo mientras es caro de fingir. "Fundador" significaba algo —construí una cosa, asumí el riesgo, respondo de ella— mientras la mayoría no podía decirlo sin mentir. En cuanto cualquiera puede ponérselo sin coste, deja de separar al que construye del que no. No es que mienta más gente; es que la palabra ya no distingue, y una señal que no distingue no es una señal: es decoración.
2. Cuando la etiqueta se desinfla, la prueba se revaloriza. Si "fundador" ya no dice nada, ¿qué dice algo? Lo que no se puede poner en una línea de perfil sin que exista de verdad: qué has lanzado, qué funciona, cuánta gente lo usa o lo paga, qué sigue en pie sin ti. La prueba —el artefacto, el número, la cosa que respira— sube de valor justo en la medida en que la palabra lo pierde. El ruido de mil etiquetas iguales hace más nítida la única señal que queda.
3. El patrón se repite con todo lo que se abarata. Pasó con los títulos universitarios, con las certificaciones, con los seguidores comprados. En cuanto algo que señalaba mérito se vuelve fácil de obtener, el mercado deja de mirarlo y busca la siguiente cosa difícil de falsear. Quien sigue puliendo la etiqueta vieja trabaja para una moneda que ya no se acepta.
Quítale a tu perfil la palabra "fundador" —y de paso cualquier otro título que te hayas puesto.
¿Qué queda que siga diciendo que construyes cosas? ¿Un enlace a algo que funciona, un número que alguien puede comprobar, una cosa que sigue en pie sin ti?
Si al quitar la etiqueta no queda casi nada, el trabajo no es recuperar la etiqueta. Es construir lo que habría quedado debajo.
Cuando una etiqueta se infla, no se cierra una puerta: se abre otra para quien tenga la prueba que la etiqueta ya no da. Las capas:
En vez de pelear por sonar más fundador que el de al lado, enseña la cosa: el producto que se puede abrir, el número que se puede verificar, el cliente que puede confirmarlo. Donde otros ponen un título, pon un enlace. La diferencia se nota precisamente porque casi nadie la hace.
Cuanto más se llena el mundo de fundadores de perfil, más raro y más valioso es el que puede demostrar lo que dice. No necesitas gritar más fuerte; necesitas tener algo que enseñar cuando los demás solo tienen la palabra. El ruido ajeno trabaja a tu favor.
Si vas a contratar, invertir o asociarte, el título ya no te informa. La pregunta deja de ser "¿qué eres?" y pasa a ser "¿qué has dejado en pie?". Quien aprende a mirar la prueba en vez de la etiqueta acierta más en un mundo donde las etiquetas mienten de media.
Cualquier señal que se vuelve gratis y universal deja de informar. Así que la oportunidad recurrente es detectar qué se está abaratando como señal —y mudarte tú a la prueba que lo reemplaza, antes de que lleguen todos.
Que medio mundo se llame fundador no significa que medio mundo esté construyendo. Significa que la palabra dejó de valer y que ahora vale otra cosa: lo que puedes enseñar cuando te quitan la palabra. La etiqueta es gratis; por eso ya no dice nada. La prueba cuesta; por eso lo dice todo.